Hace
unos 15 días me detectaron otra bacteria más, prima de la anterior, pero igual
de desgraciada.
Empezaron
a tratarla con un antibiótico que nunca me hizo efecto del todo, y en el medio
tuve gripe A. Tengo una salud frágil y no me quejo. El problema está cuando hay
que recurrir a la guardia y me atienden con una paz y una serenidad que serían
admirables si el que no pudiera respirar fuera otro. Ante la duda, se mueven
lento. Mi madre usaría un término poco amable para describirlos. Trato de
empatizar con ellos porque se que reciben moribundos con frecuencia y tienen
que mantener la alegría, pero que mejor sonrían en sus casas.
Me hicieron sentarme en un sillón para sacarme sangre y darme corticoides
endovenoso. Del cubículo de enfrente asomaba una gran panza (realmente enorme,
ahora que pienso) y del cuarto del fondo la cortina musical repetía “¡ay, me
duele la pierna!”, una y otra vez. Tal vez no era mala idea reírse un poco.
Tarde o temprano hay que desdramatizar. (Pero que por favor me curen rápido).
Los médicos concluyeron que yo tenía razón, que estaba
así por una doble infección respiratoria, así que después de esperar 3 horas,
me internaron. Ahora son las 2 a.m. y recién terminan de pasar el primer
antibiótico. Lo único que puedo pensar es que gracias a Dios hay gente que
tolera panzas, piernas rotas y bacterias, que trabaja y sonríe a pesar de mi
histeria.
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