Definitivamente, no somos los mismos
Definitivamente,
no somos los mismos. Creo que es nuestra conclusión constante, sobre todo
después de cada tropiezo: que ya no somos los mismos.
Si
lo pienso, ni siquiera la vocación conservo. Ni un atisbo de profesión, ni tan
solo el trabajo. Tampoco atesoramos los planes que teníamos: todo tuvimos que
acomodar, reformular y adaptar a esta nueva realidad, tan distinta de la
anterior, tanto más dura.
No
voy a decir que está resuelto. Todavía nos cuesta.
Nuestro
hogar se volvió un campo de batalla permanente, una trinchera y, de esto no hay
dudas, tu corazón, conocedor de duelos y ausencias, fue su fortaleza más
grande, su más feroz resistencia.
Ahora
no tengo miedo, a pesar de que lo tuve, de lo que pueda venir. Le haremos
frente.
No
somos los mismos: transitamos el dolor, sobrevivimos al fuego. Quedó nuestra
carne unida para siempre.
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