Escritos sobre infertilidad I

Muchas veces en consulta, me insinuaron que no iba a poder tener hijos, incluso cuando todavía no soñaba con tenerlos. Las cilias que no se mueven y hacen que mi pulmón se infecte, también están en el sistema reproductor.

Una vez me lo aseguraron, sin anestesia, con total confianza, y, aunque todo mi ser combatió (como siempre combate) una afirmación médica que nunca, jamás es infalible, ya la daga estaba clavada en mi pecho.

Ese día, al menos mi corazón lo sintió así… ese día yo perdí un hijo.

 

Porque desde el momento en que lo soñé, elegí su nombre y comencé a esperarlo. Le pedí a Dios todas las noches que llegue pronto. Imaginé su risa por toda la casa, sus juguetes atrincherados en los rincones menos pensados, los libros de mi infancia arruinados por sus pequeñas manos.

Imaginé la noche sin sueño, ya no por mi pulmón exigido sino por su llanto desconsolado, un llanto que solo en mí, aun rodeada de oscuridad, encontraría alivio.

Pensé en mis viejos, que fueron mi refugio todo este tiempo, toda la vida, en el regalo enorme que sería.

Luché contra la idea de que para ser buena madre se precisa de un cuerpo sano, que solo demande atención de a ratos, no la permanencia insidiosa y detestable que me gobierna cada día. Me convencí de que podría hacerlo, de que no me importaría soportar más dolor físico, de que lograría malabares perfectos entre lo que hago para sobrevivir y el milagro tan maravilloso que es dar vida.

 

Yo no sé si podré aceptar, si ese es mi destino, que jamás conoceré el color de sus ojos, sus motivos de llanto. No sé si lo encontraré más tarde en el Cielo, o morirá conmigo en mis pensamientos. Tampoco entiendo bien qué querrá Dios de mí con esto.

 

Mientras camino, me sostengo con fuerza en historias de diagnósticos terminantes que resultaron en milagro. Las repito sin cesar en mi cabeza, como si hubiera en ellas una suerte de atracción inexplicable que me lleva al mismo puerto.

Pero también… también me refugio en aquellas que asumieron en silencio y con valentía extraordinaria esta carga funesta para siempre, que ya no buscan respuestas acá, porque entendieron que las lágrimas derramadas en la tierra son rosedales inmensos en el Cielo.

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